Primero fue la música: con catorce años una guitarra, y al poco las primeras composiciones, sin tener ni idea de lo que estaba haciendo. El software llegó después, a los dieciocho, y se convirtió en mi trabajo.
Estudié composición trabajando a jornada completa, unas pocas asignaturas cada año, y en esos años cada lado se fue contagiando de las costumbres del otro.
El ingeniero le dio al compositor una forma de pensar: altura, ritmo y dinámica como parámetros, unos libres y otros fijos. El músico le dio al ingeniero algo más difícil de enseñar: al ensayo se llega con la música clara.
Sea cual sea el encargo, lo hago mío hasta el final, y quien trabaja conmigo no tiene que preocuparse por él.
